lunes, 19 de junio de 2017

Revisitando el Documento de Aparecida

E S P I R I T U A L I D A D   L I B E R A D O R A
A  la  luz  del  Documento  de  Aparecida,  Brasil,  2007.


A partir de un texto de monseñor Luis Cabrera Herrera, obispo de Guayaquil, febrero de 2017. PR.

Contenido: Identidad de los discípulos–misioneros.
1.      La experiencia de Jesucristo
2.      La vivencia comunitaria
3.      La formación integral
4.      El compromiso misionero en la Iglesia y la sociedad
Anexo: Documento de Aparecida, n. 226.


El “discipulado y la misión, dijo el papa Benedicto XVI, son como las dos caras de una misma medalla: cuando el discípulo está enamorado de Cristo, no puede dejar de anunciar al mundo que sólo Él nos salva” (DA, Discurso Inaugural, 3). A partir de esta afirmación, el principal desafío es la necesidad de crear o fortalecer una pedagogía que sea capaz de formar auténticos discípulos y misioneros.
-          Discípulos que escuchen con entusiasmo y alegría al Maestro;
-          Misioneros intrépidos y apasionados para que anuncien el evangelio, con su vida y palabra, en un mundo marcado por la globalización y los cambios profundos y vertiginosos en los diversos campos de la vida humana.
El Documento de Aparecida, n. 226, nos presenta cuatro ejes alrededor de los cuales debe girar la evangelización: La experiencia religiosa, la vivencia comunitaria, la formación bíblico-doctrinal y el compromiso misionero. Para ello, es necesario contar con métodos apropiados.

A. LA EXPERIENCIA DE JESUCRISTO
El papa Emérito Benedicto XVI afirma que somos cristianos no por una decisión ética ni por una gran idea, sino por un encuentro personal con Cristo (cfr. Deus caritas est, 1). “Esa fue la hermosa experiencia de aquellos primeros discípulos que, encontrando a Jesús, quedaron fascinados y llenos de estupor ante la excepcionalidad de quien les hablaba, ante el modo cómo los trataba, correspondiendo al hambre y sed de vida que había en sus corazones” (DA 244).
Pero, ¿en dónde encontrarlo?

1.      En la Sagrada Escritura.
Cristo está presente en el anuncio gozoso de la Palabra. De aquí la necesidad de crear o fortalecer las “escuelas” de Biblia que nos permitan acercarnos a la Palabra no solo de un modo intelectual o instrumental, sino “con un corazón hambriento de oír la Palabra del Señor” (DA 248). En este contexto, la Lectio divina, con sus cinco pasos: lectura, meditación, oración, contemplación y acción, sigue siendo un modo práctico para entrar en relación con Jesús como Maestro, Mesías e Hijo de Dios.
2.      En las celebraciones litúrgicas
Cristo está presente, de una manera especial, en la Eucaristía, mediante la cual el discípulo entra en comunión con su Maestro y se convierte en “fuente inextinguible del impulso misionero” (DA 251). En el sacramento de la reconciliación, asimismo, experimentamos su amor, misericordia y perdón; un encuentro que “nos devuelve la alegría y el entusiasmo de anunciarlo a los demás con corazón abierto y generoso” (DA 254).
3.      En la oración personal y comunitaria
La oración, alimentada por la Palabra y la Eucaristía, es un medio imprescindible para cultivar la relación de profunda amistad con Jesucristo.
4.      En la comunidad eclesial
Jesús está presente tanto “en medio de la comunidad viva en la fe y en el amor” como en los Pastores que le representan.
5.      En los testigos individuales y colectivos
-          Unos “dan testimonio de lucha por la justicia, por la paz y el bien común”;
-          Otros son “todos los acontecimientos de nuestros pueblos, que nos invitan a buscar un mundo más justo y más fraterno, en toda realidad humana, cuyos límites a veces nos duelen y agobian” (DA 256).
6.      En los empobrecidos
A Cristo se le encuentra, de una manera especial, en “los pobres, afligidos y enfermos”. Son ellos los que, con mucha frecuencia, nos evangelizan. La adhesión a Jesucristo “nos hace amigos de los pobres y solidarios con su destino” (DA 257).
7.      En la piedad popular
En ella se “refleja una sed de Dios que solamente los pobres y sencillos pueden conocer”. Sus expresiones, por ello, merecen nuestro respeto y cariño. Más aún, constituyen un tesoro que hay que promoverlo y protegerlo (cfr. DA 258).

Entre estos “lugares” de encuentro con Jesucristo no hay oposición; todos son necesarios y complementarios; quien se encuentra con Cristo en la Palabra, por ejemplo, se sentirá impulsado a buscarlo en los pobres; y quién lo descubra en ellos, tratará de encontrarlo en la comunidad, en la eucaristía, en la reconciliación, en los pastores, en la oración y en la piedad popular. Lo importante es vivir cada uno de estos encuentros con intensidad y alegría.
Nuestras parroquias y centros pastorales, por lo tanto, deben ofrecer a todas las personas la posibilidad de encontrarse personalmente con Cristo, en sus más variadas modalidades y espacios: Un “encuentro con Jesucristo, Hijo del Padre, hermano y amigo, Maestro y Pastor misericordioso, esperanza, camino, verdad y vida” (DA 336). Esta experiencia debe ser tan profunda e intensa que les lleve a la conversión personal y a un cambio integral de vida.

2. LA VIVENCIA COMUNITARIA
La fe cristiana si bien nace del encuentro personal con Cristo; sin embargo, no se queda encerrada en el ámbito de lo privado o en la intimidad de cada persona, como pretenden algunas ideologías. La fe en Cristo, necesariamente, se manifiesta en la comunidad. Por ello, Jesús afirma que nos reconocerán como sus discípulos si nos amamos los unos a los otros (cfr. Jn 13, 34). Y es que sólo en la comunidad es donde podemos practicar la justicia, la solidaridad, el amor, la misericordia y el perdón. “El discipulado y la misión, por lo tanto, siempre suponen la pertenencia a una comunidad” (DA 164).
En la cultura actual existe la gran tentación de ser cristianos sin Iglesia. Por ello se fomentan tantas espiritualidades individualistas. Sin la comunidad, nuestra fe corre el riesgo de desaparecer o de volverse alienante y enfermiza. La masificación es muy peligrosa, justamente, porque crea un ambiente sin rostro, sin presente ni futuro. Recordemos que la fe nos llega a través de la comunidad. Es necesario, por ello, fortalecer el sentido de pertenencia a una Iglesia concreta, en donde podamos entrar en comunión con los Pastores (cfr. DA 156).
Entre los lugares para fomentar la comunión eclesial, están las Diócesis, las parroquias, las Comunidades eclesiales de base, las Pequeñas comunidades, las Asociaciones y los movimientos eclesiales. Las Diócesis y las Parroquias, en este sentido, están llamadas a ser “casa y escuela de comunión, de participación y solidaridad” (DA 167), un “lugar privilegiado en el que la mayoría de fieles tienen una experiencia concreta de Cristo y la comunión eclesial” (DA 170).
En la comunidad, también, descubrimos y desarrollamos los diversos carismas personales que el Señor nos ha concedido para beneficio de todos. “La diversidad de carismas, ministerios y servicios, abre el horizonte para el ejercicio cotidiano de la comunión… Cada bautizado, en efecto, es portador de dones que debe desarrollar en unidad y complementariedad con los de los otros, a fin de fomentar el único Cuerpo de Cristo, entregado para la vida del mundo” (DA 162).
Una de las grandes tareas, por consiguiente, es crear o fortalecer ambientes en donde todas las personas se sientan acogidas, valoradas y amadas y, por lo mismo, corresponsables de la vida cristiana.

3. LA FORMACIÓN INTEGRAL
Cada día tomamos más conciencia de que los conocimientos que adquirimos cuando nos preparamos para celebrar los sacramentos no son suficientes para vivir como cristianos. Más de una vez, lamentablemente, nos contentamos con un cristianismo de tradición familiar o de una simple costumbre social. Cuántas veces nos parece ya mucho el que hayamos sido bautizados y vayamos a misa los domingos. Pero las consecuencias ya sabemos cuáles son: mediocridad, cansancio, falta de compromiso, fragilidad.
Estas realidades nos impulsan a buscar nuevos métodos y medios de enseñanza y aprendizaje. Un cristiano que no continúe con su formación está condenado a repetir fórmulas vacías y a perderse en sus propios errores. Esta constatación nos lleva a la convicción de que “la vocación y el compromiso de ser hoy discípulos y misioneros… requieren una clara y decidida opción por la formación de los miembros de nuestras comunidades, en bien de todos los bautizados, cualquiera sea la función que desarrollen en la Iglesia” (DA 276).
Desde una visión integral de la formación, comprobamos que no basta la educación científica y técnica. Es necesario impulsar también una formación bíblica, litúrgica, socio-política, entre otras. “La coherencia entre fe y vida, por ejemplo, en el ámbito político, económico y social exige la formación de la conciencia, que se traduce en un conocimiento de la Doctrina social de la Iglesia” (DA 505). La formación, igualmente, debe abarcar toda las dimensiones: humana y comunitaria, espiritual, intelectual, pastoral y misionera (cfr. DA 280).
De la formación que se imparta depende la vitalidad de la Iglesia en el presente y el futuro. Recordemos, además, que la formación es “permanente y dinámica, de acuerdo con el desarrollo de las personas y al servicio que están llamadas a prestar, en medio de las exigencias de las historia” (DA 279).

4. EL COMPROMISO MISIONERO
Los cristianos que están incorporados a Cristo por el bautismo, forman el pueblo de Dios y participan de las funciones de Cristo: sacerdote, profeta y rey. Ellos realizan, según su condición, la misión de todo el pueblo cristiano en el Iglesia y en el mundo: Son “hombres de la Iglesia en el corazón del mundo, y hombres del mundo en el corazón de la Iglesia”. Su misión propia y específica se realiza en el mundo, de tal modo que con su testimonio y su actividad contribuyan a la transformación de las realidades y la creación de estructuras justas según los criterios del Evangelio” (DA 209-210).
El encuentro con Cristo nos lleva a la comunión eclesial y ésta a la misión. “El discípulo, a medida que conoce y ama a su Señor, experimenta la necesidad de compartir con otros su alegría de ser enviado, de ir al mundo a anunciar a Jesucristo, muerto y resucitado, a hacer realidad el amor y el servicio en la persona de los más necesitados, en una palabra, a construir el Reino de Dios” (DA 278 e).
Es muy alentador comprobar la presencia de muchísimos sacerdotes, religiosas/os y laicas/os que, motivados por una espiritualidad muy clara y firme, se entregan con toda su alma a testimoniar de Jesucristo, especialmente entre los más pobres, sin importarles ninguna clase de obstáculos. “La vida se acrecienta dándola y se debilita en el aislamiento y la comodidad. De hecho, los que más disfrutan de la vida son los que dejan la seguridad de la orilla y se apasionan en la misión de comunicar vida a los demás” (DA 360).
Es muy importante, por ello, asumir la gran misión en todo el Continente americano y del Caribe. “La Iglesia necesita una fuerte conmoción que le impida instalarse en la comodidad, el estancamiento y la tibieza, al margen del sufrimiento de los pobres del Continente” (DA 362). Cada Iglesia local “necesita robustecer su conciencia misionera” que sea una Iglesia viva al servicio del Reino. Por esencia como Iglesia somos misioneros hacia adentro como hacia afuera. Una comunidad parroquial o movimiento que se encierre en sí mismo corre el riesgo de perder el horizonte de su identidad y misión fundamental: testimoniar de Cristo a todo el mundo. Por ello, “para no caer en la trampa de encerrarnos en nosotros mismos, debemos formarnos como discípulos y misioneros sin fronteras, dispuesto a ir `a la otra orilla´” (DA 376).

1.      Misión al interior de la Iglesia: Ser la Iglesia de los pobres…
Esto implica salir de sus muros para ir al encuentro de los bautizados alejados de Cristo y de la Iglesia e invitarlos a volver. A este propósito, nos dice Pablo: “¿Cómo van a invocar a aquel en quien no creen? Y ¿Cómo van a creer en él, si no les ha sido anunciado? Y ¿Cómo va a ser anunciado, si nadie es enviado? Por eso dice la escritura: ¡Qué hermosos son los pies de los que anuncian buenas noticias!” (Rm10, 14-15).
-          Con los bautizados activos, se trata de ser una iglesia viva, activa, alegre, fraterna, solidaria.
-          Con los bautizados ‘pasivos’, se trata de despertarlos y ganarlos para ser esta Iglesia viva, alegre y fraterna.
-          Con los pobres y desde ellos, se trata de ser la Iglesia de los pobres que soñó el papa Juan 23 en vísperas del concilio Vaticano 2ª, tal como nos orienta el papa Francisco.

2.      Misión hacia afuera: (Ser la Iglesia de los pobres…) al servicio del Reino.
Como Iglesia universal y particular estamos llamados a vivir y encarnar el evangelio en nuestra realidad social y cultural para reconocer la presencia del Reino y hacerlo crecer:
-          En la realidad social. El papa Francisco nos urge denunciar un sistema económico que califica de dictadura mortífera y sustituirlo por una organización social que tenga a los pobres organizados como protagonistas del cambio necesario. Se trata de combatir lo que destruye el Reino y fortalecer lo que lo construye.
-          En la realidad cultural: Construir la interculturalidad. Nos encontramos en una realidad local y nacional rica de varias culturas, en particular la indígena y la afro-ecuatoriana. En ellas está presente las ‘semillas del Verbo’ y los frutos del Reino. Se trata que, conociéndonos y respetándonos como iguales, lo descubramos, purifiquemos, fortalezcamos y celebremos.

3.      Las actitudes fundamentales del discípulo misionero
Muchos documentos de la Iglesia, especialmente el de Aparecida, insisten en tres actitudes o valores fundamentales que deben acompañar a todo auténtico discípulo misionero: la pasión, la creatividad y la audacia.
-          Pasión. La pasión brota del amor a Cristo, a la Iglesia y al mundo. La pasión pone en el corazón el fuego de la ilusión, del entusiasmo y de la esperanza. Este triple amor es el que nos impulsa a entregar la vida con generosidad y alegría a la misión evangelizadora. Necesitamos, por lo tanto, hombres y mujeres apasionados o enamorados del Reino de Dios, de la Iglesia y de este mundo físico y cultural; de hermanos y hermanas convencidos, intelectual y afectivamente, de que vale la pena entregar la vida a estas causas. El fuego de la pasión será el que mantenga encendida la llama de la alegría y de la esperanza en medio de tanto pesimismo, apatía y resignación.
-          Creatividad. La creatividad es la capacidad para afrontar los desafíos sociales y eclesiales con nuevos métodos. La creatividad, por supuesto, tiene como punto de partida el estudio y la investigación de nuestro rico patrimonio evangelizador. No se trata de ser simples “copiadores” y “consumidores” de modelos pastorales, que nacieron en otros contextos sociales y eclesiales con el fin, justamente, de responder a los grandes desafíos del momento. Estamos llamados a buscar otras formas de servicio más adecuadas a nuestro medio cultural y eclesial. Necesitamos, por ejemplo, nuevos métodos para la catequesis y la formación; nuevas propuestas para la misión en la ciudad y en el campo; nuevos cantos para la liturgia; nuevas formas de solidaridad entre los pobres. Es la hora, por lo tanto, de la creatividad y del ingenio para diseñar “nuevos caminos” que nos conduzcan al corazón de cada persona y cultura y que nos comuniquemos en su propio lenguaje.
-          Audacia. La audacia es la fuerza que nos pone en camino hacia los demás; es la energía que nos desafía a abandonar nuestras comodidades y a lanzarnos sin miedos ni prejuicios a un futuro lleno de esperanza, con la única seguridad de que es el Espíritu Santo el que nos conduce hacia nuevos horizontes geográficos y culturales. Ser audaces significa creer en Dios que sigue confiando en nosotros, incluso en medio del silencio y de la noche de nuestras vidas. Ser audaces también implica creer en nosotros mismos sin desconocer nuestras limitaciones. Sólo los audaces son capaces de comenzar algo nuevo, de emprender proyectos aparentemente irrealizables, para superar toda clase de adversidades.

En conclusión, la misión evangelizadora, además del encuentro con Cristo y de vivencia comunitaria, dependerá de una sólida formación bíblico-doctrinal, capaz de infundir en nosotros pasión, creatividad y audacia al servicio del Reino de Dios.

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Documento de Aparecida. “5.4 Los que han dejado la Iglesia para unirse a otros grupos religiosos.
226. Hemos de reforzar en nuestra Iglesia cuatro ejes:
a) La experiencia religiosa. En nuestra Iglesia debemos ofrecer a todos nuestros fieles un “encuentro personal con Jesucristo”, una experiencia religiosa profunda e intensa, un anuncio kerigmático y el testimonio personal de los evangelizadores, que lleve a una conversión personal y a un cambio de vida integral.
b) La vivencia comunitaria. Nuestros fieles buscan comunidades cristianas, en donde sean acogidos fraternalmente y se sientan valorados, visibles y eclesialmente incluidos. Es necesario que nuestros fieles se sientan realmente miembros de una comunidad eclesial y corresponsables en su desarrollo. Eso permitirá un mayor compromiso y entrega en y por la Iglesia.
c) La formación bíblico-doctrinal. Junto con una fuerte experiencia religiosa y una destacada convivencia comunitaria, nuestros fieles necesitan profundizar el conocimiento de la Palabra de Dios y los contenidos de la fe, ya que es la única manera de madurar su experiencia religiosa. En este camino, acentuadamente vivencial y comunitario, la formación doctrinal no se experimenta como un conocimiento teórico y frío, sino como una herramienta fundamental y necesaria en el crecimiento espiritual, personal y comunitario.
d) El compromiso misionero de toda la comunidad. Ella sale al encuentro de los alejados, se interesa por su situación, a fin de reencantarlos con la Iglesia e invitarlos a volver a ella.”


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